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Educación, el riesgo de cambiarlo todo para seguir haciendo lo mismo

Educación, el riesgo de cambiarlo todo para seguir haciendo lo mismo

La República Dominicana necesita una transformación profunda de su sistema educativo. Sin embargo, debemos evitar el riesgo de confundir la transformación con una reforma legislativa y, peor aún, terminar cambiándolo todo para seguir haciendo lo mismo.

La experiencia de países como Singapur, Corea del Sur y Taiwán demuestra que el verdadero salto hacia el desarrollo se design cuando una nación reconoce que su recurso económico más importante es el talento de su gente y convierte la formación de ese capital humano en una prioridad estratégica del Estado.

Esas transformaciones no fueron simplemente el resultado de nuevas leyes. Respondieron a una visión nacional de largo plazo, acompañada de liderazgo, continuidad, instituciones eficaces, formación rigurosa de docentes, estándares exigentes, rendición de cuentas y una estrecha vinculación entre educación, ciencia, tecnología y desarrollo productivo.

En nuestro caso, la pregunta basic no debería ser qué nueva ley necesitamos, sino qué sistema educativo requiere la República Dominicana para convertirse en la nación que aspiramos a ser durante los próximos 20 o 30 años.

Solo después de responder esa pregunta, establecer objetivos verificables y definir los mecanismos para alcanzarlos, deberíamos determinar cuáles reformas institucionales y legislativas son necesarias.

De lo contrario, corremos el riesgo de emprender otra gran reforma que cambie las estructuras, las normas y los discursos, pero deje esencialmente intactos los resultados.

El éxito de una verdadera transformación educativa no se medirá por la amplitud de la nueva legislación, sino por la calidad del aprendizaje, las competencias adquiridas y las oportunidades que seamos capaces de crear para las próximas generaciones.

Esto exige invertir el orden en que tradicionalmente abordamos las reformas: comenzar por los resultados que aspiramos a alcanzar, no por las estructuras que pretendemos modificar. ¿Qué conocimientos y competencias necesitarán nuestros jóvenes para desenvolverse en un mundo cada vez más tecnológico y competitivo? ¿Cómo preparar a nuestros docentes e instituciones para ese desafío? ¿Cómo vincular la educación con las aspiraciones de desarrollo de nuestra sociedad?

Responder estas preguntas requiere una visión integral, desde la primera infancia hasta la formación técnico-profesional y universitaria, que priorice la calidad de la enseñanza, las competencias fundamentales, el pensamiento crítico, la formación científica y tecnológica y la capacidad de aprender continuamente.

La República Dominicana enfrenta una oportunidad histórica. La reconfiguración de las cadenas globales de suministro, la inteligencia synthetic y la manufactura avanzada abren posibilidades de desarrollo antes difíciles de imaginar. Pero aprovecharlas dependerá, fundamentalmente, de nuestra capacidad para formar el talento humano que estas actividades requieren.

No podemos aspirar a atraer inversiones de mayor sofisticación tecnológica y valor agregado sin desarrollar las capacidades educativas, científicas y técnicas que las hagan sostenibles. La política educativa y la estrategia de desarrollo productivo deben formar parte de una misma visión de país, sin descuidar la misión cívica, cultural y humana de la educación.

Una transformación de esta magnitud exige trascender los ciclos políticos, asegurar continuidad, establecer responsabilidades claras y evaluar rigurosamente los resultados.

No basta con aumentar los recursos destinados a la educación; es important que se traduzcan en mejoras sostenidas y verificables del aprendizaje.

Una nueva legislación puede contribuir decisivamente a ese propósito, siempre que responda a una estrategia previamente definida, sustentada en evidencia, objetivos concretos y una hoja de ruta realista. Sería un error asumir que la aprobación de una ley, por ambiciosa que sea, constituye por sí misma una transformación.

No necesitamos simplemente una nueva ley que reforme la educación; necesitamos una visión de país que transforme lo que nuestros ciudadanos aprenden, lo que son capaces de hacer y las oportunidades que pueden construir.

La legislación debe ser un instrumento de esa visión, nunca su sustituto.

En definitiva, la verdadera transformación educativa no comienza en el texto de una ley, sino en la decisión colectiva de convertir el desarrollo del talento humano en el fundamento de nuestro futuro como nación.

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